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martes, 19 de junio de 2007

Meditación del mes de Junio del P. General
Fotos de la visita de los Oblatos a la cuna de la provincia

Meditación misionera junio de 2007

La profecía de la hospitalidad

Hace algunos días, participé en la Sesión de mayo de la Unión de los Superiores Generales. Esta vez, el tema era: “La vida religiosa: profecía en las culturas de hoy”. Uno de los animadores reconoció que es en cierto modo difícil definirse como profeta. Con todo, los documentos de la Iglesia afirman que la vida religiosa tiene una naturaleza profética, aunque no tiene el monopolio. Por ejemplo “Vita Consecrata” afirma: “La vida consagrada recibe la misión profética de recordar que está al servicio del designio de Dios sobre los hombres... Si la vida consagrada conserva la fuerza profética que le es propia, se convierte, en el interior de una cultura, en un fermento evangélico capaz de purificarla y hacerla evolucionar.”(VC 73,79)

En esta reunión, se nos enfrentaba con distintos tipos de personas o comunidades proféticas, como los monjes trapenses que han dado su vida en el año1966 en Argelia, o al padre Montfortain Jacob Panjikaran, que trabaja con las tribus de los Sándalos en la India.

También se observó que la vida consagrada es profética en sí: cada día denuncia discretamente el materialismo proclamando los valores del Evangelio. ¿No es cierto que nuestra vida, si la vivimos bien, muestra el mensaje del Evangelio y señala que también es posible ser feliz, sin intimidad sexual; ricos, sin un estilo de vida fácil; y libres, en la fidelidad a un proyecto común?

Sí, la vida religiosa es una manera de ser proféticos. El problema más bien es si está a la altura de esta tarea hoy. Nos enfrentamos a un doble desafío: ¿Cómo nuestra profecía se puede inculturar de manera que quede incluida? ¿Y cómo puede evitar ser contaminada por un mundo, cuya contracultura margina a Dios? Alguien ha formulado esta pregunta: ¿Los que nos ven, pueden ver a Quién nos envía?

Las respuestas posibles a este desafío no eran numerosas. Sobre todo, que la profecía es un don de Dios, y todo lo que podemos hacer es distinguir si el Espíritu de Dios está trabajando y, por lo tanto, estar abiertos a este regalo. No obstante, varios participantes pusieron en relieve un aspecto profético como perteneciente también en nuestra cultura actual, postmoderna y secularizada.

Se trata de la hospitalidad. La gente hoy es muy sensible a la acogida. ¿La exclusión no es el primer pecado del sistema neoliberal? Acoger a los excluidos, tener tiempo para los extranjeros, por ejemplo los inmigrantes ilegales, es algo profético que cada uno de nosotros puede hacer.

Alguien de entre nosotros también observó la hospitalidad desde un punto de vista opuesto: no solamente ser acogedores, sino también considerarnos nosotros mismos como huéspedes. La hospitalidad puede proclamar a Dios. Testimoniar de un Dios personificado que se ha convertido en huésped de la humanidad, a partir del hogar de María y José. ¿Acaso no es una manera maravillosa de ser misioneros mostrándonos como huéspedes, que tienen necesidad de ser acogidos y de recibir los beneficios, antes que entregar su parte?

Esperamos que como religiosos podamos encontrar nuevas vías para vivir nuestra vocación y reforzar el lado profético de la Iglesia, las religiones y la sociedad.

El Espíritu sopla dónde quiere: dejemos a nuestras comunidades ser lugares donde la nueva brisa de Dios sea percibida. Una manera de convertirse en profetas de Dios, de un Dios acogedor, es amparar a los excluidos de nuestra cultura actual y convertirse en huéspedes de los que tienen una diferente cultura de la nuestra.