sábado, 7 de julio de 2007



Dar el buen combate

En este tiempo en que se habla frecuentemente de Yihad o de las cruzadas, la expresión “combate espiritual” corre el riesgo de hacernos fruncir el entrecejo. Yo también la encuentro inusual, aunque fue el tema de un retiro propuesto por Enzo Bianchi, fundador de la Comunidad de Bose en Italia. No obstante pensé que quizá había algo de nuevo que aprender y decidí ir.

Debo decir que aprecié las conferencias dadas, ya que tenían los pies bien puestos en la tierra. El Hno. Enzo comenzó por la elección entre autosuficiencia y comunión, que es el combate de cada momento. A continuación, ahondó en la enseñanza monástica sobre las siete u ocho tentaciones principales que tenemos que combatir. Según Evagrius Ponticus (345 - 399) son: gula y lujuria, avaricia y ira, tristeza y pereza, vanidad y orgullo. Fue interesante enterarse que varios Padres de la Iglesia, consideraron que la avaricia fuese el único vicio contranatura, porque los bienes materiales son para ser compartidos; que la pereza (acedia) se considerara como la tentación de los monjes y la ira, la de los sacerdotes. No fue difícil para mí descubrirme en este terreno de las fuerzas del enemigo.

El Hno. Enzo también hizo una de estas afirmaciones perentorias que pueden ser saludables, a veces. Quiso comentar lo que hoy se escucha con frecuencia que Dios se queda callado, diciendo con pasión que eso es un absurdo. Dios sigue hablando, pero nosotros, nos convertimos en sordos. ¿No es cierto que nos convertimos en sordos ante Dios cuando no resistimos a las tentaciones y pactamos con los enemigos de nuestra alma?

El lenguaje del “combate espiritual” aparece con frecuencia en la Biblia. Está muy presente en los escritos de San Eugenio. Quiero citar solamente el Prólogo de la Regla, donde Eugenio sugiere que antes de entrar en la lucha exterior, tenemos que combatir por el Reino de Dios en nuestro corazón. Sobre todo, los Oblatos “deben renunciar completamente a sí mismos... vivir en estado habitual de abnegación. Deben trabajar sin descanso por hacerse humildes, mansos, obedientes, amantes de la pobreza, penitentes y mortificados, desapegados del mundo y de la familia, abrasados de celo, dispuestos a sacrificar bienes, talentos, descanso, su propia persona y su vida... “

A continuación, el combate espiritual puede empezar exteriormente: así pues, “pueden entrar en la batalla y combatir hasta el agotamiento para la mayor gloria de su santísimo y muy adorable Nombre.” Escribe: Es urgente enseñar a los “cristianos degradados, quien es Jesucristo, arrancarlos de la herencia del demonio y mostrarles el camino del cielo.” Es necesario poner todo lo que esté de nuestra parte, para extender al imperio del Salvador y destruir él del infierno.

El combate espiritual contra las tentaciones en nosotros y la resistencia a las de afuera, ambas vienen en definitiva del Maligno, las que acompañarán al cristiano y al misionero toda su vida. Los grandes maestros de la vida espiritual siempre han hablado de ello; también han subrayado que no estamos nunca solos en esta batalla. También Jesús, el mismo, fue tentado, y no solamente al principio de su ministerio público, sino durante toda su vida. Combatió hasta la muerte y ha vencido por todos nosotros. Ahora sabemos que el Divino Amor triunfará el último día. Nuestra fuerza para combatir el buen combate (2 Tim. 4,7) viene de esta única fuente.

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