viernes, 2 de febrero de 2007

Carta del Padre General para el mes de Febrero

Queridos hermanos Oblatos, asociados y amigos,
El 17 de febrero del año pasado, la Congregación
miraba con orgullo los ciento ochenta años de
nuestra historia como Misioneros Oblatos de María
Inmaculada. La aprobación concedida por León
XIII venía después de diez años de predicación de
misiones y de vida común de este grupo de
entusiastas misioneros, altamente motivados a…
“intentarlo todo para dilatar el reino de Cristo, destruir
el imperio del Mal”... (Prólogo de nuestras
Constituciones). Eso añade diez años a nuestra historia.
Desde hace ciento noventa años que ésta se prolonga.
En vista de ello, varios Oblatos, Padres, Hermanos
y otros amigos reunidos en torno a San Eugenio,
celebrarán este año el segundo centenario de otro
acontecimiento, ya que fue probablemente el Viernes
Santo de 1807 que San Eugenio vivió ese encuentro
especial con Cristo crucificado que cambió su vida.
En realidad, fue eso lo que hizo de él un Oblato. Lo
que podemos celebrar en 2007 no es un aniversario
de la Congregación, sino más bien el aniversario de
nuestro carisma, el aniversario del don espiritual
que nos hace vivir, un aniversario de nuestra
espiritualidad oblata.
La cruz contemplada ese Viernes Santo suscitó en
el joven Eugenio, de veinticuatro años, la toma de
conciencia de su alejamiento de Dios. “Busqué, esta
felicidad, fuera de Dios, y para mi desdicha por
demasiado tiempo…” - escribe durante un retiro,
algunos años más tarde (1814). En este vacío,
encuentra a alguien que lo ama sin medida. Así, sus
pecados se disuelven en las lágrimas causadas por
el abrazo de Cristo, y esta experiencia lo marca para
el resto de su vida: “¿Puedo olvidar estas lágrimas
amargas que la visión de la Cruz hizo que mis
ojos derraman un Viernes Santo?” “Feliz, mil
de veces feliz que haya tenido, a este buen Padre,
a pesar de mi indignidad, que derramó sobre
mi toda la riqueza de sus misericordias.” Esta
experiencia no se limita sólo a su vida interior: “A
menos que repare el tiempo perdido redoblando
mi amor por él.” Poco tiempo después, Eugenio
quiso compartir esta experiencia de la misericordia
con otros y este celo por las almas va finalmente a
dar nacimiento a los Oblatos.
El nombre “Oblatos”, designa personas listas para
darse a sí mismos por amor a Dios. El Espíritu de
Dios concedió a San Eugenio y a sus hijos ser
conquistados por el misterio de la salvación asumido
por la Cruz y el celo de proclamarlo a los más pobres.
Nuestra espiritualidad se centra pues en la salvación
que nos proporciona Cristo; puede llamarse
“salvatoriana”. Con esta orientación espiritual fue
aprobada nuestra Congregación en 1826.
El 17 de febrero celebramos que la Iglesia nos haya
reconocido. Esta gracia nos pide cavar más
profundamente en el misterio de la salvación,
poniéndolo aún más en el centro de nuestra vida,
como estuvo en el centro de la vida de Eugenio.
¿Pero, cómo ir más a fondo en nuestra espiritualidad
salvatoriana? Déjenme mencionar tres direcciones.
a) Aquel que es inspirado por San Eugenio
no tiene miedo a la cruz. Como Oblatos
miraremos abiertamente a Cristo sufriente
y crucificado. Eso no se hace observando
imágenes o películas, sino más bien leyendo
las Escrituras, comunicándose con la
presencia del Cristo en los sacramentos y
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observando la cara de nuestros hermanos y
hermanas más pobres.
b) Esta clase de encuentro con Cristo nos
llevará, como a San Eugenio, a llorar por
nuestros pecados. A veces los
reconocemos, pero demasiado a menudo
los tratamos con liviandad, más que llorar y
estar tristes y desesperados. Para mí, eso
no significa culpabilizarme sino reconocer
cómo mis acciones o mis omisiones
contribuyen a la miseria de los otros. Tengo
que aceptarme tal como soy, con mis dones y
mis defectos, e intentar seguir mejor a Cristo.
c) Un tercer aspecto de esta espiritualidad
salvatoriana es la misión. Quién ha
descubierto que Dios salva, que nos
perdonara y nos reviste con un nuevo
vestido deseara compartir esta alegría, para
que los otros hagan la misma experiencia.
Nos convertimos en “corredentores”, como
San Eugenio lo afirmó.
Hubiéramos podido llamarnos “Salvatorianos”, pero
el 17 de febrero de 1826, los Oblatos de San Carlos
que éramos, recibimos un nuevo nombre, el de
Oblatos de María Inmaculada. Este nombre, leído
en una perspectiva salvatoriana, confiere una nueva
profundidad a nuestra espiritualidad, ya que María,
más que cualquiera, nos revela la plenitud a la cual
la salvación puede conducir, a un ser humano.
La santidad elevada a su cima en María “sin
mancha, ni arruga, ni nada de similar” (Ef.5,27)
nos dice que es posible superar la falta y el pecado,
la miseria y la muerte. Un Misionero Oblato o un
Asociado, encontrándose con el Salvador como
Eugenio lo encontró el Viernes Santo, no dudará
que todo pueda cambiar. Así pues, estos misioneros
no viven sólo una salvación a la mitad, sino la
santidad, para ellos mismos y para otros en especial
para los más abandonados. María Inmaculada nos
muestra que la plenitud de la salvación es posible.
María Inmaculada completa perfectamente nuestro
nombre: como Oblatos, nos ofrecemos a Dios por
Cristo, y en este camino de ofrenda, estamos
animados por la santidad luminosa de María. Ella
nos guiará, y con nosotros a muchos otros, a un
encuentro cada vez más profundo con Aquel que solo
puede salvar, Cristo crucificado, aquél que Eugenio
encontró un Viernes Santo, hace doscientos años.
Guillermo Steckling, omi
Superior general

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