lunes, 1 de enero de 2007

Reflexiones hechas por nuestro Superior General

Meditacion misionera de Enero de 2007


Meditación misionera - enero de 2007

La paz: un don, una tarea

Cada año nuevo está precedido por un período de fiestas e intercambios de buenos deseos. Comienza después de un poco de descanso y aporta nuevas energías para recomenzar. Los aromas de Navidad están aún en el aire, cuando el 1º de enero, en la conclusión de la octava, la Iglesia celebra el Día Mundial de la Paz. La paz es un don de Navidad, y con el nuevo año, el mundo se pone a la espera de nuevo, por lo menos que finalicen las guerras. Quiere ser una señal que se desea la plenitud de la paz, lo que en sentido bíblico significa, una vida en armonía con Dios, el prójimo y la naturaleza. En esta pausa "entre dos años", revivimos este sueño; las celebraciones, así como los cortos momentos felices en que el don de la paz permanece en nosotros, parecen realizar nuestros deseos.

Es, sin embargo, inevitable que nos hagamos esta pregunta: ¿Hay nexo real entre nuestras celebraciones y los problemas de un mundo que no llega a encontrar la paz? ¿Las celebraciones pueden cambiar la realidad? ¿No es más bien verdadero, que la pobreza y la guerra pesan en gran parte sobre nuestras fiestas y sobrecargan nuestros corazones, mezclando la amargura a nuestras horas de descanso?

En el correo de Navidad, encontré un trozo muy bien escrito por un Oblato, misionero en un país cercano al suyo. Al principio de su sacerdocio, se enfrenta a la falta de paz. Es testigo de la pobreza cruel de un pueblo que sufre bajo un Presidente que no hace más que empeorar la situación. El joven sacerdote no tiene miedo de llamar las cosas por su nombre. Se enoja debido a la gente que por todas partes acaba pidiendo comida, cuidados, ayuda, debido a su impotencia ante esta situación.

Leámosle:

Aquí se puede encontrar realmente la miseria. Eso hace llenarse ira; pero si nos encontramos con los pobres, no podemos entrar en cólera... La gente piensa que somos ricos... tengo rabia conmigo mismo, ya que no traté [a una persona] con la dignidad que merecía... Estoy enojado conmigo, ya que como joven, quería cambiar el mundo, pero aquí se experimenta la impotencia que hace darse cuenta que el mundo es mucho más complejo y los sueños mueren... Estoy enrabiado, pues me percato que esta gente es pobre porque fueron tratados de una manera injusta por un Gobierno corrompido, guiado por un Presidente aún más corrompido... Estoy encolerizado con la gente, ya que parecen no quieren hacer nada para cambiar... Estoy enfurecido, ya que sé que Dios a quien sirvo, no quiere que el pueblo viva así.

¿Qué nos dice esto en los días festivos que acabamos de vivir? Una cosa queda clara: nuestras celebraciones serían falsas y vacías si no se apoyaran en la confrontación con el sufrimiento de la gente, o sí nos alejáramos de ella. El nacimiento de Cristo sería seguramente más suave si estuviera separado de su pasión y su cruz, y el don de la paz de Navidad jamás llegaría a ser nuestro si no lo confrontamos con la pobreza y a la violencia que persisten.

Al seguir la lectura, pude ver cómo este "choque de rabia" causado por la pobreza ha permitido a nuestro joven misionero atravesar una etapa; ¡le ha permitido reconocer de una manera más profunda lo que es y lo ha abierto a la gratitud, más bien que al enojo! Recibiendo una nueva obediencia, fue cómo pudo redimensionar lo ocurrido:

Dejo [ este lugar] como un pobre, ya que los pobres me lo enseñaron; mi conciencia fue tocada y para toda la vida. Me llevo conmigo las bonitas caras manchadas de estos niños mal alimentados, la suavidad de este hombre que recorrió cuarenta kilómetros para ser recibido en un hospital y escuchar que le decían que no había medicamentos, la sangre de este joven, que se está muriendo del SIDA, los llantos de esta madre con la carga de su trabajo y los sueños rotos de sus hijos.

Me voy como un rico, porque el vivir con los pobres me condujo a ver la cara de Dios y eso me ha marcado para la vida. Estoy agradecido, ya que Dios me dio el privilegio de vivir del otro lado, caminar por esta senda y, en parte, dar esperanza a aquellos a los amados de Dios: los pobres.

Quiera Dios que el nuevo año 2007 nos conduzca por un camino similar. Como hemos vivido, la paz interior no viene solamente a través de fiestas como Navidad, aunque tengamos necesidades para sobrevivir, y los que están en la pobreza tienen aún más necesidad. No obstante, un elemento indispensable para la paz interior y exterior es comprometerse con los que sufren, aunque eso nos conduzca paradójicamente a la ira. El mensaje del Santo Padre para el Día Mundial de la Paz 2007 repite esta necesidad de compromiso. Dice que "la paz es mas que un don es una tarea". ¡Un regalo de Navidad, es una tarea por todo el año!

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